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No es mi problema

2020.06.25 04:18 maniantico92 No es mi problema

Recordando pude encontrar un titulo afín a ésta anécdota. Enero o febrero, no sé; pero te puedo asegurar que se trataba de un día muy frio, y un servidor bastante frito en todos los aspectos. Aún borracho, salí en la mañana para dirigirme a otro lugar donde quedarme. Estando en Guadalupe, limitando con Juarez caminé a la estación donde conecta la ruta con el metro. Caminé cuarenta minutos entre respiros irregulares, la nariz roja y los pies mojados por el agua helada, misma que se colaba por el cuero de mis tenis. Mientras pensaba con quien podría pasar el rato, a sabiendas que no tendría ni un peso, ni nada que ofrecer más que mi tiempo y mi cuerpo. Odiaba sentirme patético ante mis amigos, conocidos y familiares. Aunque siempre sabía que después de situaciones de ese tipo, llega un punto en donde no se puede caer más, y buscas de nuevo la estabilidad emocional. Un trabajo, escuela , escribir, lo que fuera. Y luego, apenas encontrándola recaer de nuevo en la enfermedad y la miseria. Un circulo sin salida, del cual ya me había habituado desde hace años. Podría darme una vuelta al casino donde solía trabajar, si tengo suerte estará ahí la hostess que acostumbraba saludarme con un abrazo, y un beso húmedo. Bella; de ascendencia inca, cabello castaño, y unos cuantos mechones platinados pero con cuerpo de veinteañera . Quise suspirar, cosa que no pude hacer por la congestión. Imaginaba mi pasado, tomando sus manos y ella respondiendo con sus dedos entrelazando los míos. Era su ''novio'', Liz bromeaba con sus compañeras abrazándome. Yo respondiendo a su cariño, malinterpretando la confianza, como todo hombre. Siempre optaba por nunca averiguar su intención, ni la de ninguna mujer. Una visión idealista del amor nunca funciona, al menos no funcionó mi. El dolor, el rechazo te obliga a ver la realidad como tal. Liz casi tenía la edad de mi madre, y dos hijos. Ahora no sonaba mala idea un romance e incluso algo más serio. Llegaría con el pretexto de cobrar mis doscientos pesos de liquidación, y me toparía con ella. No con la tatuada, ni con la host del novio posesivo. A ella le tocaría el turno de mañana, sea entrando o saliendo, es igual. Pero allí estaría. Conversando, compartiendo unas papas con carne, acomodándome el cuello de la chaqueta, y tocando un rostro frio y enrojecido, sintiendo sus largas uñas descansar sobre mi piel cicatrizada. Trataría de convencerla de dejarme pasar una noche, sin parecer que llevo varios días viviendo entre calles, la central y el parque alamey. Había tenido la fortuna de dormir los últimos días bajo techo, y me sentía con suerte. Como dije, la realidad no tardó en traicionarme estando a unos pasos de mi ex trabajo. ¿Y ahora que? Tendría que hacer todo el papeleo, para que me suelten la feria. Si no esta Liz tendría que esperar varias horas hasta tarde. Suponiendo que logro convencerla, y me la paso en su casa. ¿Que me esperaría ahí? Una chica adolescente mirándome, torciendo la boca y preguntando a su madre quien soy. Un niño diciéndome ''señor'', mirando hacia arriba con su juguete en la mano. Tal vez estaría durmiendo junto a Liz en su sofá abrazándome, después de jugar un poco con su hijo. El señor de la casa llegaría esperando la cena, y al encontrarme me echaría a patadas sin siquiera haber tenido contacto sexual con ella por la apatía. O peor aún. Me presentaría con su esposo, y el me saludaría amistosamente porque es inteligente y sabe que no soy nada para ella. Desistí, y me volví de nuevo a la avenida. Tengo otro amigo viviendo cerca, a casi una hora caminando de donde me encontraba. Tiene televisión por cable, y probablemente tenga cerveza. Al recordar que su casa era un congelador, decidí darle una sorpresa a la familia probablemente se acercaba el cumpleaños de alguien y habría reunión. A duras penas completaba el pasaje de la ruta y el metro. Sabía que llegando al centro de Monterrey, caminaría otra hora para llegar con ellos. Comida, agua caliente, una cerveza y un techo hasta que mejore el clima, y de ahí no sé. Solo me tragaría las preguntas de siempre ¿Como has estado?, ¿Sigues trabajando?, ¿Y la escuela? Después recibiría con mucho aprecio la cortesía casi obligada que me ofrece la amorosa familia. Entré a la estación del transmetro, dirigiéndome a donde tenía que echar las monedas y las eché. Las escuché caer hasta el fondo del tragamonedas, mientras el ruido me aturdía. Apenas traté de atravesar el frio torniquete, y sentí un duro golpe que me sacó el aire. Este ni siquiera se movió, lo empujé otra vez y se acercó el guardia de seguridad. Un sujeto agradable. -Disculpe señor, me puede ayudar, es que no puedo pasar. -No puedes entrar así-dijo-al verme perdiendo el equilibrio-. -¿Así como?-dije-no le estoy faltando el respeto a nadie, mucho menos la ando cagando, solo quiero irme a mi casa. -Mírate como andas, mejor agarra un camión. Nadie se puede subir en estado de ebriedad, le pido de favor que se retire, si no me veré obligado a hablarle a la patrulla. Al menos fue cortés, y lo hubiera hecho de no tener la necesidad. -Compa, el torniquete se tragó lo que me quedaba de efectivo ¿Como voy a regresar entonces? Tíreme paro se lo suplico. -Ese no es mi problema, le pido de favor que se retire. Enfurecí. -No me voy a ir hasta recuperar mis monedas. -Entonces voy a hablarle a la patrulla. Sacó su radio. -Usted es el que me está robando. No respondió, estaba preparando mi puño pero vi su otra mano en la cintura sosteniendo un gas pimienta. Me preguntaba si los entrenaban para ese tipo de situaciones, y quien llegaría primero. Si fallaba me iría igual a transito con los ojos maltrechos, dejando ileso al hijo de su puta madre. Apenas le di la espalda con resignación, y vi la silla de carta blanca, atada con un alambre que usaba de asiento. Un modesto teléfono, conectado al toma corriente descansaba ahí. Caminé hacia la silla y le di una patada con todas mis fuerzas. Vi el teléfono, y la silla volar escasos metros, ni me molesté en ver donde cayeron. Crucé la avenida riendo mostrandole los dientes chuecos al guardia. El se limitó a mirarme con el ceño fruncido vociferando en su radio. Caminé rumbo a la siguiente estación, y me salté el torniquete. Definitivamente seguía con suerte.
2
De esas raras veces que amanecí con una resaca ligera, sin nauseas. Las cosas nunca mejoran, la nostalgia hace mella en las tripas, en el espíritu, y te engaña. Una bonita forma de aceptar la resignación. Viendo el pasado como una mejor época, sin darte cuenta que en esa misma decías que era la misma mierda de ahora, y poco a poco vas glorificando tus malos días con pequeños detalles. No pude quejarme, la pasé bien anoche. Primera paga, un jale temporal, y un par de gramos de pase. Me lavé la cara, los dientes, usando solo una gota de pasta dental para no estropear el gusto, pensaba tomar un café para paliar un poco la depresión. Hice unas cuantas gárgaras cabeza arriba, y con la garganta aun adormecida escupí una espuma roja como flor de jamaica. Acostumbraba siempre a cepillarme con violencia, y más si no recordaba nada de lo que hice la noche anterior. Arribé a un pequeño centro comercial que abrió hace poco acá en Garza Sada. De arquitectura sofisticada e iluminado con luz natural. Había un HEB, y al lado una cafetería de la misma tienda. Casi en frente un Sally Beauty, y a través del cristal sus vendedoras. Una, delgada y bonita. La otra, regordeta pero también bonita. La tercera no la vi, atendía a una madre, de esas que salen en la sección de sociales en el periódico. Ambas bonitas. En fin. Me dirigí a comprar un café, metí las manos en todos los bolsillos de mis jeans sucios. Veintitrés pesos decía la carta arriba de la caja, y en mi mano seis, y dos vellos púbicos. El bajón me hizo olvidar como iba a sobrevivir los siguientes días. Solo quería un café, y gastar las horas viendo la gente pasar, y esperar a que baje el sol. Quien sabe como le hice para desaparecer todo. Ni me esmeré en buscar culpables. Daba igual si fueron los municipales, algún jotillo o la mujer dañada a la cual le estaba invitando. No andaba tan pedo, ya que siempre acostumbro, a utilizar mucha coca y poco alcohol. Recurriendo al ultimo para bajar la ansiedad y los nervios. Nunca le encuentro sentido a quienes esnifan puntos para bajar la borrachera, o para quitar el hambre, o para permanecer despiertos. Muy común en usuarios comunes. No sirve para ninguna de esas cosas, y lo he comprobado. Me gustaba la adrenalina, la lucidez y la cara adormecida. Tan simple como la vida. Así como yo, el único sospechoso y culpable de mis pendejadas. Aunque seguía apostando, que fue algún gracioso, cuya intención era drogar a la borracha con la que andaba compartiendo fluidos, no con besos. Bueno si, pero no era ella sino la botella en la que estábamos bebiendo. Debieron de ser verdes o rivotriles.
Fingía esperar a alguien en una banca frente al área de cajas. De vez en vez, miraba a las mesas para ver quien era el primero en acabar su taza vespertina. El turno le tocó a dos rucos, bien vestidos y serios. El de anteojos, y con sobrepeso enrollaba los planos, el otro apagaba su laptop. ¿Ingenieros? ¿Arquitectos? ¿Accionistas? El gesto severo les hacía ver importantes, para mi lo eran. Ya que ansiaba el vasito de cartón, con la etiqueta pegada del refill de todo el día de hoy, que justo se encontraba en la cima del contenedor. Tomé el vaso, mirando furtivamente hacia todos lados. Era tan malo como robar, y tenían razón. El café de veintitrés, costó millones de inversión para que estuviese ahí. Ganancias y perdidas diarias. Acciones subiendo y bajando. Horas de estrés y desvelo. El dejar de ser un ser humano pensante, para convertirte en ese monstruo que llaman empresario o emprendedor. Hasta la basura debía ser capitalizada para un plan de emergencia, en caso de liquidación. La seguridad privada se encargaba de eso. De vigilar, y repeler cualquier amenaza. Limosneros, perpenadores, vendedores ambulantes, músicos callejeros, competencia. Todos peligrosos. La élite y su deber de dividir a la población, con la filosofía barata del éxito, del amor propio. Los pobres, felices con la ilusión de tener millones,competir y sobresalir, y su mentalidad millonaria. Los ricos, más astutos que inteligentes. Expertos en la avaricia, la ciencia que llaman economía. Los millones no valen nada cuando tienes todo el mercado, eso no se lo dicen al resto. Mas bien no es necesario, si se tiene todo bajo control. Y eso lo ves en las universidades, donde sus egresados son adoctrinados para pelear en el mundo empresarial, y no para progresar intelectualmente. Praxeología, la ley del más fuerte. Puto neoliberalismo. Pero quien soy yo para decir, escribir, y dar opiniones. Soy un adicto, una persona inmoral y desechable. Un ignorante. Sabía que estaba pensando con la voz, al ver miradas. Los ignoré, y vi como se dejaba caer, el delicioso chorro humeante que salía de uno de los termos cilíndricos. Café de chiapas, decía la leyenda. Sin crema, ni azúcar dije yo. Mi plan era quedarme hasta que alguno de los de seguridad me corriera. No pasó. Había recogido también una orilla de pizza. Era deliciosa, a pesar de los mordiscos y de haber venido de la basura. La salsa de tomate, discreta, en la marca dentada del pan le daba un toque dulzón. Estupendo con el café, casi gourmet. Observé, mientras bebía y rellenaba. Familias, parejas, estudiantes, hombres, mujeres. Toda una amalgama de personas. Siendo normales. Y felices. Las mismas preguntas de siempre. ¿Que hice mal? ¿Por qué no soy como ellos? Hace muchos años, encontré las respuestas. Pensar mucho, pero en nada realmente. Y pues, bastantes veces tuve la oportunidad. Con AA, NA, la iglesia católica, cristiana, la carrera y una mujer que trató de enderezarme, por mero capricho. ¿Inseguridad? Es lo que diría un ordinario. Mejor no saberlo. Me negaba a cavar mi propia tumba. A ser uno más. Moriría pudriéndome en el asfalto, por un pequeño sorbo de libertad, y una cucharada de la dulce miel de las artes. Nada menos. Las cajeras fijaron su atención, hablándose al oído. A veces movía los labios mientras pensaba. Hora de irme. Di unas vueltas más por el mall, con dos tipos siguiéndome. Justo a unos pasos de la escalera eléctrica. Llegaron jóvenes, vistiendo chalecos verdes. Limpios, impecables y sonrientes. Hablaban con la gente. No me preocupé, aprendí a vestirme bien para ahuyentar a vendedores y demás. No funcionó con ellos. No recuerdo como se llamaba. Creo que Alejandra. Las puntas del cabello, color fantasía, y unas manos clarificadas, y suaves; muy suaves. Me saludó, y le extendí mi mano áspera, por los químicos abrasivos que usaba en el jale. -Deja te explico quienes somos, supongo que has oído hablar de nosotros. Asentí diciendo que los conocía, de todas maneras lo hizo. Y recordé a Benny, de espécimen. Eran de greenpeace. Estaban recabando firmas para detener los pozos de gas y petroleo en alaska. Me contó sobre los logros. Y las nuevas problemáticas ambientales en el ártico. Lo lograron con Obama, ahora seguía Trump. Si viviera en alguna península, estaría realmente jodido. -¿Que piensas sobre que está pasando?-dijo enseñando unas fotos-la fauna está muriendo, mira como los osos polares mueren sobre trozos de hielo. -Sabía un poco, pero jamas vi a un oso en los huesos casi expuestos. La foto me perturbó bastante. Quería firmar, tenía también el presentimiento de que quería algo más. Por algo andaban merodeando en un lugar, de arquitectura sustentable. Y con la estética de mascotas, buscaban donadores y voluntarios. Me preguntaba si sabían sobre los horrores que vivían los activistas de pueblos originarios. Falsos. Bueno no. Solo estaba dividido con la clase media. Ya no tengo la edad, como para ansiar venganza de clases, son como yo, y yo como ellos. Pero no podía ayudarlos, estaba quebrado y me daba vergüenza decirlo, en especial a una mujer que me atraía. -Ayudas mucho con el simple hecho de que te interese-dijo- se ve que te importa bastante salvar el planeta. En otra vida lo hubiera hecho. Lo hice años atrás. Con los activistas alcohólicos, radicales, rompiendo vitrinas y pintarrajeando tiendas de mascotas. La chica se acercaba más y más. Discretamente daba pasos hacia atrás, y me seguía. No porque quisiese abandonarle. Disfrutaba jocosamente la verborrea. Su aliento cálido, agradable. Mientras yo apestaba a sudor, vistiendo la misma ropa de hace ocho años, no quería que me oliera. Tal vez lo sabía, y no le importaba. -Lo siento amiga, no traje mi tarjeta de nomina-dije-si quieres hago la firma en la pagina web. No tenía tarjeta, ni seguro social. -No te preocupes, pasame tu numero de teléfono, y whats. Anota el mio también. Platicamos en la noche, y nos conocemos ¿Que te parece? -Perdón, no tengo pila, no me sé el numero y traigo prisa. Su mirada cambió, se puso triste, eso creo. -Está bien-dijo con voz apagada-, de todas formas, gracias por tu tiempo. Salí de la plaza, los de seguridad ya no me seguían. No me sentí con ganas de hablar, dejando correr otra oportunidad. No lo creo. Aun así estaba seguro de que me porté como un idiota.
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2017.08.15 07:49 Subversivos .........Y mato porque me toca.

El relato del crimen que transportó a este país hacia las regiones mentales más frías de los asesinos anglosajones en serie comienza cuatro años antes del 30 de abril de 1994, noche en la que un estudiante de tercero de Químicas, de 22 años, y otro de tercero de B.U.P., de 17, eliminan a un hombre con 20 puñaladas porque lo exigía el guion del juego que ellos mismos inventaron.
LOS SUCESOS DE EL PAÍS ... Y mato porque me toca Los reportajes y ensayos de esta veraniega serie han sido extraídos del libro Los sucesos de EL PAÍS, publicado en 1996 como parte de la conmemoración de los 20 años del diario, lanzado el 4 de mayo de 1976. Históricas firmas del periódico, como Rosa Montero, Juan José Millás o Jesús Duva desmenuzan algunos de los crímenes que han marcado la reciente Historia de España, de la matanza de Atocha al crimen de los Marqueses de Urquijo.
Cuatro años antes de aquella madrugada, en un campo de fútbol del barrio madrileño de Chamartín, Félix Martínez, un niño de oc­tavo de E.G.B., se embelesa con los gritos desde la grada de un chaval cinco años mayor, ojos azules detrás de gafas gruesas, metro noventa sobre el nivel del suelo, moreno y desgarbado en el andar. Félix se le acerca creyendo que declama nombres de personajes del juego del rol, el invento que surgió a finales de los sesenta en Estados Uni­dos y conquistó en forma de negocio las papelerías españolas en la década de los noventa. Varias fichas, un tablero, una historia inven­tada y unos roles, interpretaciones o arquetipos que se adjudica a ca­da participante. Inteligencia, fantasía y tiempo libre para probarlas. Ordena y manda la figura del rol master.
A Félix no le gustaba ningún deporte, ni siquiera le apasionaba el cine, ni las chicas –su primera relación amorosa la tendría dos años después–, ni las motos, ni la ropa, ni los estudios. Tan sólo leer, a ser posible historias paranormales, escribir poemas y jugar al rol.
Félix se iba a llevar una sorpresa. Allí tenía un posible compañe­ro de Rol gritando aparentemente nombres de personajes. ¿A qué es­peraba para conocerlo? El chico de E.G.B. aborda por fin al miope de ojos azules y le pregunta si también sabe jugar al rol. Dos trage­dias se dieron la mano.
MÁS INFORMACIÓN ... Y mato porque me toca Todo lo publicado en El País sobre el caso 2008: Javier Rosado, el asesino del rol obtiene el tercer grádo 1999: Félix Martínez se rehabilita en un piso de estudiantes La de Félix, fácil de resumir: nunca tuvo hermanos, su padre ge­nético murió drogadicto y enfermo de sida cuando el niño cumplía un año, la madre mexicana, también drogadicta, conoció a su padre adoptivo cuando el chaval cursaba segundo de E.G.B. y se separaría cuatro años más tarde. Félix conocería entonces el cariño incondi­cional del nuevo padre y el desbarajuste colegial de todos los maes­tros por los que iba pasando, ya fueran de Madrid, Ibiza o La Rio­ja, según adjudicaran su estancia al lado de la madre o del padre. «Nunca hubo paz, eso no era una familia», confesaría el chico. La madre muere también de sida dos años antes del crimen y dos años después del encuentro con Javier en el campo de fútbol.
Félix, un carácter inseguro, nunca líder ni siquiera de sí mismo, lector empedernido, conoce en aquel campo a otro lector más empe­dernido, un fulano con una seguridad en sí mismo extraordinaria, alguien con frases del tipo «las mejores drogas están en la cabeza de uno», solitario, bien educado, taciturno y didáctico: Javier Rosado Calvo, vecino de Félix en una calle de Chamartín donde los pisos de cien metros cuadrados cuestan hasta 30 millones de pesetas de los años noventa. El del padre adoptivo de Félix, empleado en una empresa de máquinas tra­gaperras, era tan sólo alquilado.
Javier gritaba en las gradas varios nombres pero, para sorpresa del chiquillo, aquel tipo encorvado no sabía jugar al Rol. El chasco duró sólo un segundo, porque las palabras del otro llevaban un significado aún más atractivo y profundo que el del simple juego: eran nombres, pasajes, del gran novelista de literatura fantástica H. P. Lovecraft, el genio de principios de siglo cuyos relatos de tumbas, castillos temblorosos, sueños, monstruos y nieblas llegan cargados de frases tipo: «Los hombres de más amplio intelecto saben que no existe una verdadera distinción entre lo real y lo irreal; que todas las cosas aparecen tal como son tan sólo en virtud de los frágiles senti­dos físicos [...]». H. P. Lovecraft, la pasión confesa de Javier.
«Desde que conocí a Javier y me metió en su mundo», reconoció Félix en sus exploraciones psiquiátricas y psicológicas a raíz del cri­men, «todo cambió para mí, encontré otro tipo de pensamientos le­jos de los vulgares de cada día, cambió mi interior, me entregué a es­te tipo de filosofía que era apasionante, aún me sigue pareciendo apasionante, Javier se convirtió para mí en un ser extraordinario muy superior al hermano mayor que nunca tuve, me dejé arrastrar por él [...]. Al cabo de un tiempo llegué a hablar como él y a hacer gestos como él. Él hablaba mucho mejor que yo, mis ideas me las re­batía con facilidad [...]. Todo el mundo era estúpido para él, pero yo creo que yo para él no era estúpido».
Y Javier, la otra cara de la tragedia, encontró en Félix el público de banderita y trompeta que necesitaba su egolatría, el hermano pe­queño que tampoco tuvo, porque su único hermano, un año mayor, más fuerte, vencedor en las disputas físicas, apenas se trataba con Javier. Félix sería el discípulo predilecto de una filosofía alimentada con cuatro obras de Friedrich Nietzsche, Edgar Allan Poe o Stephen King mal mezcladas y otras tantas decenas seudoliterarias, peor di­geridas.
Durante una convalecencia por lesión en una pierna, Félix le lle­va un juego del rol y Javier aprende a jugar. Al poco tiempo el en­fermo crea Razas, un juego basado en el rol. La humanidad se di­vide en 39 razas o arquetipos que él ha inventariado basándose en personajes y nombres novelescos prestados por Lovecraft. Las razas, diría Javier, son ideas humanas llevadas al extremo. La raza 37 corresponde a los psicólogos, la 25 a las mujeres, la 22 al hombre, la 1 al bien y la 7 al mal. Cuando los psiquiatras le preguntan si jugaba al Rol, hay veces en que Javier llega a enojarse y dice que su juego era mucho más importante que el rol; era Su Obra, una «filosofía total» a la que había dedicado más de mil páginas y de la que espe­raba escribir un libro.
Hasta la noche del crimen, Javier pasa por un tipo normal, sin traumas perceptibles ni siquiera por su familia. Su padre, ingeniero industrial, solía jugar al ajedrez con él, su madre, enfermera, le sa­naba las heridas, y su hermano, compañero repetidor en tercero de Químicas, aseguraba que a Javier le bastaba con asistir a clase para aprobar.
Javier no era un joven de inteligencia superdotada, en eso coinci­den profesores y psiquiatras, pero disponía de la justa para creerse con mucha, para ganar un concurso de ajedrez en la cárcel y no disimular el orgullo o para impresionar a cuatro chavales del barrio menores que él. En los dos primeros cursos de Químicas consiguió seis aprobados, dos notables y un sobresaliente. Un expediente bueno, sin más.
Personalidad, conocimientos y edad suficiente, en cualquier caso, para erigirse en Master, líder de la banda del rol, que entre bromas y veras planeó matar la madrugada del 30 de abril a la primera víctima de lo que iba a ser una serie de crímenes. Los otros dos chava­les, Javier Hugo E. S. y Jacobo P., de 17 y 18 años respectivamente, fueron encausados por conspiración para el asesinato. A Jacobo le preguntó la policía por las normas de Razas y contestó que no había normas concretas como en el fútbol: «Se trata de sobrevivir en un mundo imaginario». Unas veces había que impedir la llegada a puerto de un barco, otras, era preciso destruir una ciudad y en al­gunas ocasiones se trataba de asesinar a alguna mujer que traicionó a su raza. Todo sobre la mesa.
Jacobo declaró que cuando Javier y Félix le llevaron al descampado donde habían eliminado a un hombre y se lo confesaron, él lo tomó como una fantasmada. Javier y Félix se vanagloriaban de aquello y lo equipararon al crimen de las setenta puñaladas, perpe­trado cerca de su barrio.
Empieza el juego
Un mes antes de la noche del 30 de abril, El País publicaba el hallazgo del cadáver de un hombre con unas setenta puñaladas y los ojos sacados. La noticia no causó otro efecto en los presuntos asesi­nos que el de animarles. A partir de ahora el tablero iba a adquirir la forma de toda la ciudad, con sus cuestas, sus descampados tene­brosos, sus personajes hundiéndose en la noche; las fichas serían pu­ñales y para moverlas vendría mejor usar guantes de látex que Ja­vier tomaría de sus clases de prácticas en la facultad; las reglas, sin límite.
Félix contó a los psiquiatras: "Yo creo que todo empezó a pla­nearlo [Javier] con decisión a raíz de un libro concreto de Lovecraft: Ciclo de aventuras oníricas de Randolph Carter, y en especial el capí­tulo "A través de la llave de plata", pasaje en el que un hombre se cansó del mundo y empezó a dedicarse a sus sueños hasta que al fi­nal estos sueños invadieron su propia realidad».
Carlos Moreno, la víctima del asesino del rol Javier Rosado. Carlos Moreno, la víctima del asesino del rol Javier Rosado. La realidad invadida puede ser la de un hombre casado como Carlos Moreno, con tres hijos y amigo de una viuda también con tres hijos, con la que había pasado la noche. Carlos visitaba desde hacía cinco años la casa de su amiga Modesta L., de 51 años, desde las diez hasta la una de la madrugada. Nunca pensó en separarse, ni Mo­desta se lo pidió, ni su mujer ni sus hijos, conscientes de la relación, lo obligaron. Los viernes Carlos salía más tarde de aquella casa y aquel viernes de abril salió a las tres. Si cobraba su nómina de 60.000 pesetas, montaba en taxi hasta la otra punta de la ciudad. Y si no, el búho, que es como se conoce en Madrid a la línea de autobuses nocturnos. La noche del crimen Carlos llevaba las 60.000 pe­setas en el bolsillo, pero optó por el autobús. Y en la parada encon­tró a los admiradores de Lovecraft dispuestos a soñar sus pesadillas.
El crimen perfecto exigía, según Henry, el psicópata de la pelícu­la Retrato de un asesino, un desconocimiento total de la víctima, ningún móvil, nada. Ya lo habían avanzado la novelista Patricia Highsmith y el director Alfred Hitchcock en Extraños en un tren: si un desconocido mata a mi esposa y yo a su madre, nadie ha de sos­pechar nada; en principio.
Así que ahí llegan los dos, Javier y Félix, en busca de una vícti­ma a la que nunca han visto. El escenario no podía ser más propi­cio. Un descampado de risco y pastizal, una casa desvencijada en medio de un llano, de esas que parecen existir sólo en días de vien­to, una luna de miedo y una parada de autobús, como un oasis sin nadie.
Para acercarse a los hechos valga el diario de Javier Rosado, un texto sin precedentes en la historia criminal de España:
«Salimos a la 1.30. Habíamos estado afilando cuchillos, preparán­donos los guantes y cambiándonos. Elegimos el lugar con precisión.»
«Yo memoricé el nombre de varias calles por si teníamos que sa­lir corriendo y en la huida teníamos que separarnos. Quedamos en que yo me abalanzaría por detrás mientras él [por Félix] le debilita­ba con el cuchillo de grandes dimensiones. Se suponía que yo era quien debía cortarle el cuello. Yo sería quien matara a la primera víctima. Era preferible atrapar a una mujer, joven y bonita (aunque esto último no era imprescindible pero sí saludable), a un viejo o a un niño. Llegamos al parque en que se debía cometer el crimen, no había absolutamente nadie. Sólo pasaron tres chicos, me pareció de­masiado peligroso empezar por ellos [...]. En la parada de autobús vimos a un hombre sentado. Era una víctima casi perfecta. Tenía ca­ra de idiota, apariencia feliz y unas orejas tapadas por un walkman.»
«Pero era un tío. Nos sentamos junto a él. Aquí la historia se tornó ca­si irreal. El tío comenzó a hablar con nosotros alegremente. Nos con­tó su vida. Nosotros le respondimos con paridas de andar por casa. Mi compañero me miró interrogativamente, pero yo me negué a ma­tarle.»
Félix no supo explicar después por qué Javier le perdonó la vida. Y el otro nunca lo contó.
«Llegó un búho y el tío se fue en él [...].»
«Una viejecita que salió a sacar la basura se nos escapó por un minuto, y dos parejitas de novios (¡maldita manía de acompañar a las mujeres a sus casas!).»
«Serían las cuatro y cuarto, a esa hora se abría la veda de los hombres [...]. Vi a un tío andar hacia la parada de autobuses. Era gordito y mayor, con cara de tonto. Se sentó en la parada.»
« [...] La víctima llevaba zapatos cutres y unos calcetines ridícu­los. Era gordito, rechoncho, con una cara de alucinado que apetecía golpeada, y una papeleta imaginaria que decía: "Quiero morir". Si hubiese sido a la 1.30 no le habría pasado nada, pero ¡así es la vida!»
«Nos plantamos ante él, sacamos los cuchillos. Él se asustó mirando el impresionante cuchillo de mi compañero. Mi compañero le mira­ba y de vez en cuando le sonreía (je, je, je).»
Félix alegó dos meses después ante la policía que se encontraba algo bebido y que le daba miedo desobedecer a su amigo.
«Le dijimos que le íbamos a registrar. ¿Le importa poner las ma­nos en la espalda?, le dije yo. Él dudó, pero mi compañero le cogió las manos y se las puso atrás. Yo comencé a enfadarme porque no le podía ver bien el cuello.»
«Me agaché para cachearle en una pésima actuación de chorizo vulgar. Entonces le dije que levantara la cabeza, lo hizo y le clavé el cuchillo en el cuello. Emitió un sonido estrangulado. Nos llamó hi­jos de puta. Yo vi que sólo le había abierto una brecha. Mi compañero ya había empezado a debilitarle el abdomen a puñaladas, pero ninguna era realmente importante. Yo tampoco acertaba a darle una buena puñalada en el cuello. Empezó a decir "no, no" una y otra vez. Me apartó de un empujón y empezó a correr. Yo corrí tras él y pude agarrarle. Le cogí por detrás e intenté seguir degollándole. Oí el desgarro de uno de mis guantes. Seguimos forcejeando y rodamos. "Tíralo al terraplén, hacia el parque, detrás de la parada de auto­bús. Allí podríamos matarle a gusto", dijo mi compañero. Al oír es­to, la presa se debatió con mucha más fuerza. Yo caí por el terraplén, quedé medio atontado por el golpe, pero mi compañero ya había ba­jado al terraplén y le seguía dando puñaladas. Le cogí por detrás pa­ra inmovilizarle y así mi compañero podía darle más puñaladas. Así lo hice. La presa redobló sus esfuerzos. Chilló un poquito más: "Jo­putas, no, no, no me matéis".»
«Ya comenzaba a molestarme el hecho de que ni moría ni se de­bilitaba, lo que me cabreaba bastante [...]. Mi compañero ya se ha­bía cansado de apuñalarle al azar [...].»
«Se me ocurrió una idea espantosa que jamás volveré a hacer y que saqué de la película Hellraiser. Cuando los cenobitas de la pelí­cula deseaban que alguien no gritara le metían los dedos en la boca. Gloriosa idea para ellos, pero qué pena, porque me mordió el pulgar. Cuando me mordió (tengo la cicatriz) le metí el dedo en el ojo [...].»
«Seguía vivo, sangraba por todos los sitios. Aquello no me impor­tó lo más mínimo. Es espantoso lo que tarda en morir un idiota [...].»
Carlos Moreno Fernández fue un idiota que trabajó desde los ocho años como aprendiz de relojero, un obrero que con el oficio más que aprendido se quedó en paro desde hacía nueve años y padeció de nervios hasta que su esposa lo colocó en la empresa de limpieza El Impecable Ibérico, probablemente un nombre estúpido también; Carlos Moreno Fernández fue un idiota que no consintió jamás la entrada de un fontanero, un albañil o un electricista en casa porque él solo se bastaba para arreglarlo todo, un hombre idiota que a fuer­za de trabajo había conseguido dinero para educar a sus tres hijos, que sabía cocinar y le encantaba cuidar flores, un hombre que huía de los televisivos «Quién sabe dónde», «Su media naranja» y «Códi­go Uno», porque le parecían «programas para marujas». Un hom­bre. Con sus aspiraciones a corto y largo plazo, sus pequeños y gran­des recuerdos, reducidos a un charco y un bulto entre las piedras.
«Vi una porquería blanquecina saliendo del abdomen y me dije: “Cómo me paso” [...].»
«A la luz de la luna contemplamos a nuestra primera víctima. Sonreímos y nos dimos la mano [...]»
«No salió información en los noticiarios, pero sí en la prensa, El País, concretamente. Decía que le habían dado seis puñaladas entre el cuello y el estómago (je, je, je). Decía también que era el segundo cadáver que se encontraba en la zona y que [el otro] tenía 70 puña­ladas (¡qué bestia es la gente!) [...]»
«¡Pobre hombre!, no merecía lo que le pasó. Fue una desgracia, ya que buscábamos adolescentes y no pobres obreros trabajadores. En fin, la vida es muy ruin. Calculo que hay un 30% de posibilida­des de que la policía me atrape. Si no es así, la próxima vez le toca­rá a una chica y lo haremos mucho mejor.»
Como no había nada que lamentar, sino todo lo contrario, la ha­zaña corrió de boca en boca entre la banda del rol. Así hasta que se enteró un amigo de ellos que se lo contó en confesión a un cura, des­pués al padre, y el padre lo puso en conocimiento de la policía.
Batallones de periodistas y psiquiatras comenzaron sus investiga­ciones. Nunca hasta este entonces se había dado en España un caso semejante.
Pascual Duarte, el genuino personaje de Camilo José Cela, co­menzó sus fecharías porque pensó que la perra le miraba mal. De un tiro la mató.
El ejecutivo rico, vacío y psicópata que protagoniza la novela del estadounidense Bret Easton Ellis narra con algunos años de antela­ción a Javier y con parecida frialdad su asesinato del mendigo: «Luego le corto el globo ocular... y él empieza a gritar cuando le cor­to la nariz en dos, lo que hace que la sangre me salpique un poco». El ejecutivo producto de la ficción contaba con el móvil filosófico de que los perdedores no cuentan en esta vida. El existencialista de El extranjero que inmortalizó Albert Camus en 1942 mató porque le atormentaba el calor, el resplandor insoportable del mar. A Javier y a Félix sólo les movió el juego.
Siete meses después del crimen, Félix Martínez, el compañero del autor del diario, declaró al psiquiatra José Cabreira, del Instituto Na­cional de Toxicología: «Después de leer todos los artículos de prensa que han hablado de nosotros, todo me parece basura periodística exagerada para distraer a la opinión pública de otras cosas más im­portantes. En particular se ha exagerado con el diario de Javier, en el que yo sé que lo que escribió estaba muy exagerado y fantaseado, es­cribió lo que él cree que pasó y en él es donde me inculpa. Además lo escribió muy deprisa, en dos o tres días, enseñándoselo luego a ami­gos comunes».
Javier también culpa a la prensa de su situación. Ninguno de los dos amigos ha hablado con rencor del otro. «Le llegué a idealizar», confesó Félix, «ése fue mi error y otro error, dejarme llevar demasiado». Para después añadir sin reparos: «Me dejé engañar, era cons­ciente de que me dejaba llevar, pero siempre aprendía algo».
Un monstruo
Félix sigue teniendo la impresión de que su amigo era un su­perdotado: «Javier es casi un inútil, alérgico, miope, con diarreas... Tiene de todo, incluso un estómago que es un caso único... Sin embargo en la parte mental es un monstruo... ».
Con un monstruo así era imposible que la policía los descubriese.
La banda confiaba en el Master, aunque no sabían que habían deja­do intactas las 60.000 pesetas en la chaqueta del idiota, con lo cual, la policía empezó a descartar el móvil del robo.
Nada más asesinarlo, Javier dedicó una ficha a Carlos con el nombre de Benito, el mismo que un profesor de Químicas. Lo dibu­jó con su bigote, con la bolsa donde guardaba su mono de trabajo, y puntuó sus cualidades: Fuerza 8, Poder 6, Carisma 4, Inteligencia 6, Tamaño 15, Voluntad 16.
Había que proseguir rellenando fichas, más cadáveres sobre la tumba del tablero, homicidios en serie, con la perseverancia de Jack el Destripador o sus secuaces anglosajones. Cuando fueron detenidos se disponían a salir de nuevo de cacería con los guantes de látex. Pe­ro a sus espaldas olvidaron una cosecha de pruebas. Restos de guan­tes en la cara del idiota, el reloj de Félix perdido en la pelea, el diario, el famoso diario en casa. Cuando la policía detuvo a Javier aún lleva­ba el dedo vendado que aseguró en el diario haberse herido al meter­lo en la boca del idiota. Se encaminaba a la casa de Félix, a veinte me­tros de la suya, con un paquete de guantes en la mano. Félix se derrotó enseguida, lo que en lenguaje policial significa ni más ni me­nos que reconoció todo. Entre sollozos declaró que el plan consistía en matar esa noche tórrida del 5 de junio a una chica y para eso los guantes. Pero Javier no se arredró ni por los agentes de la brigada de la Policía Judicial de Madrid, ni por las pruebas que le colocaban de­lante de su considerable nariz, ni por la lectura en vivo del diario.
–¡Dios mío, no puedo creer que yo haya hecho eso! Tengo la du­da de que sea verdad o ficticio.
–Si a las cuatro de la mañana –le preguntaba el policía– no esta­bas dando 20 puñaladas a un hombre, ¿qué hacías?
–Creo que estaba jugando al ordenador, no recuerdo bien. Después de los agentes llegó el batallón de psiquiatras a la cárcel.
Cada uno con sus entrevistas, con parecidas preguntas y distintas conclusiones. Si estaban locos, ningún crimen podría imputárseles; y si no, la condena sería por homicidio. Psicóticos o psicópatas, ése era el dilema.
Los psicóticos no son responsables de sus actos, los psicópatas, sí.
Los primeros se libran de cualquier condena, los segundos no. En el psicótico no existe conciencia del yo, en el otro, sí.
Los padres de Javier Rosado contrataron los servicios del profe­sor de Psiquiatría Forense de la Universidad Complutense de Ma­drid José Antonio García Andrade. El doctor se quedó extrañado de que su cliente declarase un cariño enorme por su padre, al tiempo que desconocía su edad y profesión. De la madre decía que trabaja­ba de ATS porque de vez en cuando le sanaba alguna herida.
Le confesó a García Andrade que de entre las razas, la que más le ha influido, la que más se asemeja a su persona es Cal, a quien de­finió como «un niño frágil, a veces una mujer rubia, que emana tal sufrimiento que es difícil acercarse a ella, aunque es peor cuando sonríe o tiene la cara machacada». Y aseguró: «Sin Cal yo no sería lo que soy. Con él aprendí a aprender. Lo conocí en 1988; Cal es do­lor; el bendito sufrimiento; ama los cuchillos, los objetos punzantes o cualquier cosa que pueda producir dolor, aunque lo que más le fas­cina es el dolor del alma».
De Cal aprendió Javier su simple teoría sobre la vida: «Aprender a usar el dolor es disfrutado como el placer. El dolor de los puntos de sutura que me dieron en la rodilla cuando tuve un accidente es mayor que el orgasmo con una mujer. El dolor es mejor que el pla­cer y más barato. La gente confunde al cenobita con el masoquista, pero no son lo mismo; éste disfruta siendo humillado y al someter­se, pero el cenobita disfruta al sufrir, porque con el dolor saca conocimiento. Cal dice que cometió el crimen del que se me acusa. Lo ha­ce para dañarme, para enseñarme, para causarme pena, desespera­ción, pero Cal no mata, sólo tortura».
¿Loco o actor? El 8 de octubre de 1994 le reveló a García Andra­de que el primer golpe a la víctima fue con un cuchillo pequeño de conchas naranjas. Le dio en el mentón y en la cara anterior del cue­llo y señaló el movimiento de su víctima bajando la cabeza hacia el tórax. García Andrade le hizo ver que este dato no venía en los pe­riódicos. Javier sintió miedo por primera vez, al menos, eso es lo que el forense contratado por su familia reseñó. «Estoy al borde de la lo­cura, necesito ayuda», cuenta el psiquiatra que dijo Javier, «es ver­dad, esto no venía en la prensa. Hay veces en que yo no miro, no veo, no siento, no huelo, no me fijo, no es una mente, es una máquina, tienes que hacer una cosa y la haces. Eso ocurrió».
En ese momento de la entrevista solicitó que se le sometiese al Suero de la Verdad, y se sumergió, según Andrade, en una gran an­gustia.
¿Loco o actor? Para el psiquiatra contratado por su familia, Ja­vier está loco, por tanto no se le podría imputar delito alguno. García Andrade sostiene que este chico de «inteligencia de tipo medio, con buena capacidad de abstracción y de síntesis» padece una «es­quizofrenia paranoide, además de personalidad múltiple psicótica y amnesia disociativa». Psicótico pues, sin lugar a la condena, además de esquizofrénico y con problemas de memoria.
Para el doctor, el juego no fue la causa de sus enfermedades, si­no precisamente la máscara. Dos años después del crimen, Javier se­guía jugando a Razas en la cárcel.
Pero el dictamen de García Andrade no era más, ni menos, que un estudio de parte, es decir, algo que había que contrastar necesa­riamente con otros estudios.
La titular del juzgado de instrucción número cinco de Madrid encargó otro informe a las psicólogas adscritas a la clínica médico-forense de Madrid Blanca Vázquez y Susana Esteban.
Cuando Javier les empieza a hablar de su perro Atila dice: «El pe­rro es una magnífica persona, cuando lea la prensa ya sabrá él a lo que me refiero».
Javier se declara ratón de bibliotecas, con más de 3.000 volúme­nes en su casa, y las psicólogas corroboran que el preso cuenta con cierto bagaje de cultura fantástica, pero no sabe quién es Martin Luther King, por no hablar de temas corrientes como ecología o Ter­cer Mundo, de los cuales asegura desconocer todo.
El dilema
¿Loco o actor? El informe de las psicólogas lo califica de psicópata pero... «este diagnóstico implica un trastorno de personalidad que no afecta en absoluto a su capacidad de entender y obrar [...]. El sujeto sabe lo que quiere hacer y quiere hacerlo cuando lo hace». Por tanto, susceptible de condena.
El informe de las psicólogas es bastante más duro que el del psi­quiatra contratado por la familia. Para ellas, Javier Rosado jamás se ha creído ser una de sus razas, sino que las conoce y controla a su voluntad y siempre desde una perspectiva de observador. Y conclu­yen: «Se trata de un sujeto altamente peligroso [...]. Bajo circuns­tancias favorables podría cometer cualquier crimen violento y sádi­co. Odia a la sociedad y a las personas, con las que no se siente implicado más que de forma racional. Busca activamente reconoci­miento social».
Blanca Vázquez y Susana Esteban concluyen su estudio de 21 pá­ginas el 7 de octubre de 1994. Doce días después Juan José Carras­co Gómez y Ramón Núñez Parras, especialista en psiquiatría el pri­mero y médicos forenses ambos adscritos a los juzgados de la plaza de Castilla, presentan a petición de la juez otro estudio sobre Javier de 51 páginas. Ambos análisis, el de ellas y el de ellos, se habían efectuado de forma paralela a petición de la juez y de eso se queja­rían por escrito Carrasco y Núñez al entender que «los retests practi­cados en fechas cercanas pierden fiabilidad».
Unos y otras se encierran con el preso, visitan a sus familiares, analizan sus escritos y, al emitir sus dictámenes, se contradicen. Ca­rrasco y Núñez sostienen que cualquiera de las múltiples personali­dades de Javier «pueden tomar el control absoluto de la conducta». O sea, exento de penas.
Aunque también hacen reseñar los doctores que tanto su madre como su hermano mayor no habían observado antes del crimen nin­gún comportamiento en Javier sospechoso de tratamiento psiquiátrico. Ni alteraciones de memoria, ni manifestaciones de las distintas personalidades, ni soliloquios. Siempre fue muy estudioso, introver­tido y lector infatigable. Nunca pensaron que precisase de psicólogos, aunque una vez en la cárcel comenzaron a verle con trastornos serios en sus visitas.
En una de sus entrevistas los dos psiquiatras llegan a plantearse si Javier actúa en plan estratega, porque alguna vez les había ad­vertido que durante su estancia en prisión iba a resucitar a Wul, el estratega que estaba adormecido, para defenderse así de funciona­rios, médicos y otros presos.
Tras varias horas de entrevistas con el recluso y su familia, tras consultar las más de 1.000 páginas que Javier escribió sobre su jue­go, además de bibliografía y jurisprudencia sobre personalidad múltiple en Estados Unidos, Carrasco y Núñez concluyen que sus tras­tornos no están buscados conscientemente como coartada porque sería muy difícil de simular un cuadro clínico de tanta riqueza, ex­presividad y contenidos. Resumen: enajenación mental completa. En cuanto a las posibilidades de cura, «no existe ninguna cuya indica­ción sea garantía de una evolución favorable».
Sin embargo, Javier Saavedra, el abogado de la familia de la víc­tima, asesorado por psiquiatras especialistas en casos de múltiple personalidad, sostiene que Javier es un psicópata dueño de todos sus actos. «Si hubiera encontrado junto a la víctima a un guardia civil, un psicótico habría cometido el crimen igualmente, pero Javier Ro­sado, no: él discernía el peligro. El psicótico puede ver perturbados sus sentidos afectivos, pero no es frío como el psicópata.»
Carlos Fernández Junquito, médico psiquiatra del Hospital Ge­neral Penitenciario, vio a Javier como una persona con la afectivi­dad prácticamente abolida. «Cierto día, estando presente en la en­trevista la psicóloga de la Unidad, le dijo: "Puede usted quedarse, es como el teléfono".»
Pero el psiquiatra Fernández Junquito le diagnosticó el 18 de oc­tubre de 1994, en el informe más breve de los tres elaborados, es­quizofrenia paranoide, algo que desecharon otros doctores.
Para el letrado Saavedra, Javier Rosado no sólo está exento de cualquier tipo de esquizofrenia sino que se trata de un psicópata res­ponsable y consciente de todo lo que hizo: «El lenguaje del psicópa­ta es estructurado, racional y lógico, como el de Javier; los psicópatas_ son seres racionales, muy manipuladores, engañan mucho, ambicio­nan el poder y para ello se valen del lenguaje, mientras que el psi­cótico pasa del poder. En el momento en que lo cogieron no es un psicótico, aunque después haya desarrollado una psicosis».
Javier se consideró impotente ante los psiquiatras para saber si él había cometido el crimen. Aseguró que si intentara averiguarlo se podía declarar dentro de su cabeza una guerra civil entre las razas, como la que sufrió con 17 años: «Hubo una rebelión en COU que fue la guerra de los Maras... fue cuando tuve el desengaño amoroso, mi depresión, Mara contra Fasein». Para investigar sobre aquel cri­men dijo que tendría que atravesar pasillos de su cerebro muy peli­grosos, porque hay razas que no dejan pasar a nadie por allí.
El 22 de junio de 1994 Javier salió esposado de la cárcel de Val­demoro para que lo examinara en los calabozos de la plaza de Cas­tilla un forense. En el trayecto del furgón a la cárcel, un redactor de El País le preguntó:
–Javier, ¿te arrepientes de lo que has hecho?
–Yo no he hecho nada –contestó con la cabeza gacha para eludir las fotos–, yo no he hecho nada.
Uno de los guardias civiles que lo custodiaban le levantó la cabe­za agarrándolo por la nuca y le dijo:
– ¿Que no has hecho nada, cabrón?
En la cárcel, algunos presos mucho más fornidos que él le respe­tan y le temen por el halo de inteligencia que le ha otorgado la pren­sa y sus partidas de ajedrez.
Pero su compañero Félix fue a parar a un pabellón de adultos donde los otros presos, en un alarde de originalidad, lo han bautiza­do con el alias de Niño.
Los psiquiatras Carrasco Gómez y Núñez Parra señalan que a pe­sar de todo Félix seguía admirando a Javier y se mostraba interesa­do por lo nuevo que podía estar escribiendo su amigo en prisión sobre Razas. «Ahora seguro que utiliza la raza 17, Wul, y la 18, la serpiente de lengua bífida, que intenta convencer haciendo daño a otros, implicar a otros para salvarse él mismo ... y es posible que Fa­sein pueda cortarse los dedos, Fasein es el que se automutila, que aprende con el sufrimiento, que se va cortando los dedos y va apren­diendo ... »
Félix a veces también duda de su personalidad: «No estoy seguro de haberlo hecho... pero quizás no fuera yo en ese momento... esta­ba muy identificado con Javier... me he metido en un lío... [sollozos], de una broma de matar a alguien nunca pensé que fuera a suceder lo que sucedió».
Mientras esperaban la sentencia del juez, Javier seguía jugando a sus Razas, inventando alguna de ellas basada en la persona de un policía que le interrogó, y Félix se entretenía con poemas como este que escribió antes del crimen:
Quiero romper las cadenas de la muerte
y volar por estepas infinitas
con un caballo de alas marchitas
cantando con el grito de un demente.
Pasarán estaciones pequeñitas
en el ritmo incesante de mi mente
con mi amargo recuerdo tan caliente
soñarán las mujeres más bonitas.
Mas te recuerdo y en mi memoria gritas.
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